Todo comenzó con una tarea escolar…

Kylie Copenhagen tenía solo seis años cuando recibió un proyecto en su clase de ciencias: debía hacer algo relacionado con un insecto. Mientras muchos niños dibujaban o construían maquetas, Kylie decidió ir más allá. Eligió a su insecto favorito —la mariquita— y creó, desde cero, un juego de mesa para compartir todo lo que había aprendido sobre este animal en el aula.

Con cartulina, rotuladores y una gran sonrisa, nació lo que hoy es El juego de la mariquita, un éxito de ventas en tiendas como Target, Toys R Us y Barnes & Noble, también conocido como The Ladybug Game. Una historia que habla de creatividad infantil, pero también de algo mucho más profundo: la importancia de la motivación interna y el rol del entorno en el desarrollo del talento.

¿Por qué esta historia es tan poderosa?

Porque Kylie no creó su juego para sacar una buena nota. Lo hizo porque le apasionaba aprender, jugar y compartir con sus compañeros. Esa curiosidad genuina es el motor de lo que en educación llamamos motivación intrínseca: el deseo de aprender por placer, no por presión externa.

Este tipo de motivación es común en niños con altas capacidades (AACC), quienes a menudo muestran intereses intensos, pensamiento divergente y una creatividad desbordante. Pero si no se les permite explorar esos intereses, esa chispa puede apagarse antes de encenderse del todo.

De una cartulina al estante de las grandes tiendas

La historia de Kylie no se quedó en el aula. Su familia notó que los niños seguían jugando con el prototipo casero, incluso después de entregado el trabajo. Entonces se preguntaron: ¿y si esto pudiera ser un juego de verdad?

Un amigo de la familia, presidente de una empresa de juegos, se entusiasmó con la idea y ayudó a llevar El juego de la mariquita a producción. Kylie participó activamente en todo el proceso: eligió personajes, adaptó mecánicas, escribió la historia con una autora local e incluso trabajó con su maestra para asegurarse de que el juego fuera accesible para niños que aún no sabían leer.

Una niña con voz y voto

Algo sorprendente de este caso es que Kylie no fue solo la inspiración. Fue una autora real. Conservó el control creativo, cuestionó decisiones y corrigió incluso el sentido de lectura del tablero.

Con solo seis años, pensaba como diseñadora, como narradora, como jugadora.

¿Qué nos enseña El juego de la mariquita?

Que la creatividad no tiene edad.
Que la pasión puede convertirse en producto cuando hay espacio para explorarla.
Que las altas capacidades necesitan entornos que escuchen, valoren y acompañen.
Que una maestra, una familia y una buena idea pueden cambiar el rumbo de una niña.

¿Y si tu hijo también tiene un juego de la mariquita en el corazón?

No todos los niños crearán un producto comercial. Pero muchos tienen ideas increíbles que podrían florecer si les damos:

  • Tiempo
  • Confianza
  • Recursos
  • Y sobre todo… permiso para ser ellos mismos

Tal vez lo que hoy parece una simple obsesión por dinosaurios, caballos, mapas, trenes o insectos… sea el germen de un talento extraordinario.

En resumen

El juego de la mariquita no es solo un juego.
Es una metáfora viva de lo que ocurre cuando se respetan los ritmos, pasiones y talentos de los niños.
Es una historia que nos recuerda que enseñar también es aprender a escuchar.

¿Y tú, estás listo para acompañar el próximo gran proyecto de tu hijo, estudiante o alumno?
La próxima gran idea puede estar a solo una pregunta de distancia: Qué te gustaría crear hoy?